Lo primero que se me ocurre es que el despegue y el aterrizaje se consideran las fases más peligrosas del vuelo. Pero, ¿es esa realmente la razón?
El despegue puede provocar una sobrecarga sensorial, ya que se suceden muchas imágenes, ruidos y sensaciones a gran velocidad y cambian aún más rápido. La mente no es capaz de procesar todo esto y activa el sistema de ansiedad. Si tienes buenas habilidades para calmarte, no hay problema: te tranquilizarás rápidamente. Pero si no es así, la ansiedad puede derivar en un ataque de pánico.
Otra razón por la que se teme el despegue es la imposibilidad de escapar. Hay personas que, sencillamente, no pueden soportar perder el control. Si esta ilusión se desvanece, necesitan tener la posibilidad de escapar. El despegue es el momento en el que, físicamente, se separa al pasajero con miedo de la oportunidad de huir.
El suelo nos transmite una sensación de estabilidad y seguridad. Perder este apoyo familiar durante el despegue puede ser interpretado por nuestro cerebro como una amenaza.
Además, el ruido de los motores durante el despegue genera frecuencias muy altas y muy bajas que nuestra psique asocia con el peligro. Si el sistema nervioso del pasajero está desequilibrado, estas frecuencias pueden constituir otro indicador de «peligro» y , por lo tanto, provocar la activación del miedo y, en consecuencia, la respuesta de lucha o huida.
Las nubes aumentan la desorientación. Cuando desaparece el contacto visual con el suelo, el cerebro pierde su punto de referencia externo, lo que aumenta la desorientación y la ansiedad.
Y por último, aunque no por ello menos importante, el despegue activa conexiones neuronales relacionadas con traumas psicológicos. Puede asociarse a diferentes fragmentos de acontecimientos traumáticos almacenados en la memoria fragmentada, como el aislamiento, la inestabilidad y el abandono de nuestra infancia.
La ansiedad durante el despegue no tiene que ver con hechos cuantificables ni con la lógica. Es la respuesta natural del sistema nervioso: desagradable, pero normal.
La buena noticia es que esto se puede cambiar. El sistema nervioso se puede entrenar para que reaccione de otra manera. Y algún día, el despegue ya no será el momento más difícil, sino simplemente el comienzo de un nuevo viaje.


