El vínculo con la infancia
Ahora está de moda decir que todos nuestros problemas tienen su origen en la infancia. En una entrada anterior, escribí sobre mi opinión respecto a esta afirmación en la etapa inicial de mi práctica.
Creía que no tenía sentido buscar traumas infantiles para superar la aerofobia; lo único que hay que hacer es cambiar el comportamiento y la forma de pensar AQUÍ Y AHORA.
¿Ha cambiado mi opinión hoy, tras 15 años de ejercicio profesional? Sí.
El avión como desencadenante
Hoy en día, para mí (y para mis compañeros) es evidente que el avión no es el quid de la cuestión. No es más que una especie de detonante.
Nuestro sistema nervioso autónomo (SNA) funciona según sus propias reglas. Su principal función es preservar nuestra vida. Si nos ocurre algo inusual, el SNA no sabe si ese suceso es peligroso o no.
Memoria fragmentaria
Los acontecimientos traumáticos se almacenan en una parte especial de nuestra memoria: la memoria fragmentaria. Se denomina así porque los acontecimientos no se almacenan en ella de forma completa, sino en forma de fragmentos, de «trozos».
Esto también ocurre por nuestro propio bien; al fin y al cabo, los acontecimientos difíciles se convierten en traumas psicológicos si, en el momento en que se producen, no disponemos de los recursos suficientes para «asimilarlos». Y entonces la psique los fragmenta en pedazos que quedan grabados para siempre.
Por qué el trauma infantil tiene tanta influencia
Por cierto, esto explica por qué la mayoría de los traumas psicológicos se remontan a la infancia, ya que un niño, por regla general, no dispone de los recursos necesarios para afrontar por sí solo situaciones difíciles.
El problema de esta fragmentación es que no sabemos con certeza qué acontecimientos provocaron las lesiones, por lo que los pacientes suelen decirnos: «No sufrí ningún traumatismo».
Cómo el miedo a volar reaviva viejas heridas
Sin embargo, cuando nos encontramos en un avión, el sistema nervioso interpreta las SENSACIONES habituales del vuelo —inestabilidad, imprevisibilidad, impotencia, imposibilidad de escapar (y muchas otras)— como similares a las sensaciones que experimentamos en el momento del trauma psicológico.
En un intento por protegernos de que se repita el trauma, la psique activa el mecanismo de defensa del miedo. Pero lo interpretamos como una amenaza EXTERNA, y nuestra mente racional empieza a buscar una «explicación» para ese miedo en el entorno externo.
Y, por desgracia, lo encuentra. Una terapia adecuada resuelve este problema.





