Ves un trozo de cinta adhesiva en el reposabrazos y te entra el pánico. Oyes un ruido extraño y piensas que los motores están fallando. Tu mente te dice: «Si se rompe una sola cosa, todo el avión se estrella». Da por hecho que el avión es un frágil castillo de naipes. La realidad es que la aeronave es una fortaleza de ingeniería construida sobre la redundancia.
El sector de la aviación se rige por la filosofía de «asumir el fallo». Partimos de la base de que las piezas se romperán. Diseñamos el avión para que pueda volar con seguridad cuando eso ocurra. Un avión comercial tiene seis millones de piezas. Estadísticamente, es probable que algo falle. Por eso contamos con sistemas de respaldo para los sistemas de respaldo.
Fíjate en el sistema eléctrico. No hay una sola fuente de energía. Hay cuatro generadores principales. Si fallan, se cuenta con una unidad de potencia auxiliar (APU). Si esta falla, se dispone de baterías. Si estas fallan, se cuenta con una turbina de aire dinámico (RAT) que se despliega desde el ala y genera electricidad a partir del viento. Son ocho fuentes de energía independientes.
Lo mismo ocurre con los demás sistemas. Contamos con tres sistemas hidráulicos independientes. Disponemos de cinco sistemas de navegación de reserva. Podemos volar con un solo motor. Podemos planear sin ningún motor. El avión se somete a pruebas durante doce años antes de que se certifique para el transporte de pasajeros. Los ingenieros dedican años a analizar todos los posibles fallos para que tú no tengas que hacerlo.
Cuando oyes hablar de un «problema técnico» que provoca un retraso, en realidad es una buena noticia. Significa que el sistema funciona. Antes de cada vuelo consultamos la Lista de Equipamiento Mínimo (MEL). Este manual nos indica exactamente qué puede fallar y qué debe funcionar. Si un sensor no funciona y la MEL indica «No Go», entonces no despegamos. Lo reparamos. El retraso es sinónimo de seguridad.





