La turbulencia es el fenómeno más incomprendido de la aviación. Da la sensación de ser peligrosa. El avión se sacude y se te revuelve el estómago. El cerebro interpreta inmediatamente estas sensaciones físicas como una amenaza para la estructura de la aeronave. Uno podría pensar que las alas se van a partir o que el avión va a salir disparado del cielo.
Esta es la explicación física de lo que ocurre. El avión no rebota contra el aire. Se mueve con el aire. Piensa en un pez que nada en el océano durante una tormenta. Las olas suben y bajan violentamente. ¿Se rompe el pez? No. El pez se mueve con el agua. El avión está suspendido en la masa de aire, igual que ese pez está suspendido en el agua. Fluye con las corrientes.
Las cargas estructurales a las que se ve sometida la aeronave durante las turbulencias son mínimas en comparación con lo que está diseñada para soportar. Las alas son flexibles por una razón: actúan como amortiguadores. En las pruebas, se doblan 15 metros hacia arriba sin fallar. Pueden soportar un 156 % más de tensión de la que podrían generar las turbulencias más intensas.
En 120 años de historia de la aviación, nunca se ha producido un accidente causado directamente por la turbulencia en sí misma. Simplemente, nunca ha ocurrido. Los pilotos lo saben. Por eso no luchamos contra la turbulencia. Desactivamos el piloto automático y dejamos que el avión se adapte a las turbulencias.
El peligro que sientes es, en realidad, un recuerdo. Las turbulencias te sacuden físicamente. Estas sacudidas desencadenan recuerdos somáticos de momentos en los que te sentiste inestable o desprotegido en el pasado. Tu sistema nervioso percibe la vibración y da la voz de alarma. Interpreta esa sensación de malestar como un peligro. Debemos diferenciar estas dos cosas. Las turbulencias son incómodas. Son molestas. Pueden hacer que se te derrame el café. Pero no son peligrosas.




