Muchas personas con miedo a volar miran al cielo con recelo. Al ver nubes o lluvia, piensan que eso supone un peligro. Creen que el tiempo es una fuerza caótica e impredecible que puede afectar al avión en cualquier momento. Este miedo suele provenir de su vida en tierra, donde una tormenta repentina puede arruinar un picnic o el granizo puede dañar su coche.
En la aviación no se hacen conjeturas sobre el tiempo. A lo largo del último siglo, hemos convertido la meteorología en una ciencia precisa. Los pilotos nunca despegan sin haber recibido un informe completo. Sabemos exactamente dónde hay cizalladura del viento. Sabemos dónde hay condiciones de formación de hielo. Conocemos la visibilidad en el destino. Si las condiciones no son seguras, el vuelo no se realiza. Así de sencillo.
No volamos hacia las tormentas eléctricas. Las vemos en el radar desde kilómetros de distancia. Las rodeamos manteniendo una distancia de entre 5 y 18 kilómetros como mínimo.
Quizás pienses que los días soleados son más seguros. Sin embargo, esto suele ser erróneo. En un día despejado y soleado, el sol calienta la tierra de forma desigual. Las ciudades se calientan y los bosques se mantienen frescos. Esto genera columnas térmicas de aire ascendente que provocan turbulencias a baja altura. Los días nublados suelen ofrecer un aire más tranquilo, ya que las nubes bloquean el sol y mantienen la temperatura constante.
El sistema de aviación está diseñado para hacer frente a las variaciones meteorológicas. Ni siquiera la turbulencia en aire claro, que no siempre se detecta en el radar, supone un peligro para la estructura de la aeronave. Tenemos límites estrictos para todo. Hay límites para los vientos cruzados durante el aterrizaje. Hay límites para la visibilidad. Si las condiciones meteorológicas superan estos límites, nos desviamos. Nos dirigimos a otro aeropuerto. No nos arriesgamos. Todo está supervisado. Todo está controlado.




